10 de abril de 2013

Dioses, Tumbas y Sabios.



Cuando Kurt Wilhelm Marek (1915-1972) fue apresado por las tropas aliadas en la campaña de Italia y retenido en calidad de prisionero de guerra, se entregó, durante el tiempo que duró su cautiverio, a la lectura de numerosas obras sobre arqueología. Cautivado por lo que aquello le descubriría, se dedicó tras su liberación a la composición de Dioses Tumbas y Sabios, publicado en 1949 con el seudónimo de C. W. Ceram, una obra que sería presentada como "La novela de la Arqueología". Marek/Ceram señalaba en la introducción: 

Este libro ha sido escrito sin ambición científica alguna. Más bien he intentado presentar el objeto de estudio de los investigadores y sabios, en su matiz emocional más íntimo, en sus manifestaciones dramáticas, en su relación hondamente humana. No he podido evitar algunas divagaciones, así como tampoco reflexiones personales y una constante relación con la actualidad. Por eso he hecho un libro que los hombres de ciencia tienen derecho a calificar de "no científico". Pero eso es lo que me propuse hacer, y eso me justifica.

Esta obra es un clásico que supera con creces muchos libros de la misma temática que salen hoy día a la luz, en una época en la que la Arqueología no se encuentra en su mejor momento en cuanto a lo divulgativo, sumida en una relación con un gran público al que gusta de unir las explicaciones más esotéricas y fantasiosas al conocimiento real (como si este ya de  por sí no presentase suficientes estímulos, aunque no tan fáciles de captar para las mentes más simples), mientras las lecturas más serias que se hacen, se hacen a veces a medias tintas. Sin embargo, a Dioses Tumbas y Sabios hay que hacerle algunas concesiones, como a todos los clásicos que, aún envejeciendo bien, quedan lastrados por ciertos valores caducos, o se tambalean en el rigor de algunas afirmaciones; en este caso, más allá de su postura con respecto al colonialismo (un fenómeno que Ceram asume como positivo a grandes rasgos, sin más) y la actitud paternalista con la que se refiere a veces a los "nativos", lo que más choque sea tal vez la falta de ojo crítico con que Ceram asume la existencia del Diluvio o de la Atlántida, si bien en el segundo caso su postura es la de un escepticismo expectante a y que se deriva sin duda de los fantásticos descubrimientos a priori improbables que llenan las páginas de este libro.

Esa misma excitación que Ceram vive a lo largo de toda la aventura que aquí nos describe, se nos transmite poco a poco, en un crescendo que va desde las primeras excavaciones en Pompeya en el S. XVIII, hasta los iniciales pasos de Winckelman y Schliemann. Este último, quizás, sea para Ceram el paradigma de aquellos profanos que, según él, hacen avanzar a veces la rueda de la ciencia y el conocimiento humano gracias a un ímpetu visceral por entender y aprender el mundo más allá de los cauces del academicismo: Schliemann encontró Troya guiado por su intuición y las páginas de Homero en un ejercicio que muchos de sus contemporáneos calificaron al principio de delirante. Fue un descubrimiento nacido de una obsesión infantil y una paciente preparación que le llevó, a lo largo de toda una vida, hasta su meta final, como el Conde de Montecristo o el protagonista el millonario inocente de Vizinzcey.


Heinrich Schliemann. (1822-1890)
Schliemann haría otros descubrimientos de especial relevancia, como el conjunto de ajuares funerarios entre los que se encontraba la llamada Máscara de Agamenón


Sophia Engastromenou Schliemann,
ornamentada con el "Tesoro de Príamo"



Somos también testigos de la laboriosa tarea de Champollion, joven superdotado, por descifrar los jeroglíficos egipcios en una carrera contrarreloj frente a numerosos académicos e intelectuales en toda Europa que trataban de acometer la misma tarea sin éxito alguno. Un problema que no se resolvería hasta el hallazgo de la piedra de Rosetta, después de que los esfuerzos y los constantes fracasos le diezmaran la salud, los bolsillos y casi también su pasión. Todo ello en la turbulenta época del nacimiento de la Europa moderna y las guerras napoleónicas. Ceram dedica, igualmentem un capítulo a tratar el viaje de Napoleón a Egipto y que, a pesar de ser un fracaso militar, legaría para la posteridad la "Description de l'Egypte".







Fragmento de la piedra de Rosetta.
La resolución al problema del desciffrado partió, para Champollion, en interpretar los símbolos jeroglíficos como un sistema de representación fonético, y no de ideogramas, como hasta entonces se creía




"-¿Ve usted algo?

-¡Si, algo maravilloso!"

Carnarvon y Carter en la tumba de Tutankamón.









Todo el mundo conoce el que probablemente fuera uno de los descubrimientos arqueológicos más mediáticos de todos los tiempos; el hallazgo de la tumba de Tutankamón, en 1922, de la mano de Howard Carter, con el traslado del tesoro y la supuesta maldición que envolvía todo el asunto (leyenda que Ceram dedica un par de párrafos a desmontar).  No obstante, no se queda atrás la menos conocida historia del hallazgo de la DB 320 en Der-el-Bahri en 1881, donde se encontraron los restos de más de cincuenta momias reales que habían sido ocultas allí en tiempos pretéritos para preservarlas de los tempranos saqueadores de tumbas, contemporáneos a los propios faraones, episodio descrito por Ceram de forma tal que lo acerca al relato policíaco.







Representación de Gilgamesh
Tampoco es demasiado conocido por el gran público aquel otro gran hallazgo que nace de la  intuición y luego obsesión del cónsul francés Paul-Émile Botta en 1840 respecto a las extrañas colinas que se alzan en el medio de los desiertos de Irak, y que le llevarían a desenterrar la ciudad de Dur Sharrukin (aunque para Ceram, al igual que para su descubridor, se trata erróneamente de la propia Nínive) o los no menos espectaculares hallazgos de Layard: ni más ni menos que la mítica Babilonia y el palacio de Senaquerib.

A su vez, el hallazgo de Layard de la biblioteca de Asurbanipal, daría lugar el desciframiento de la escritura cuneiforme por mano de Hincks y Rawlinson Ese trabajo posibilitaría, más adelante, que George Smith localizara y tradujera el  poema épico de Gilgamesh, olvidado hasta tal momento.








La trayectoria que nos dibuja Ceram continúa al otro lado del Atlántico. En la que quizás sea la parte más intensa del libro, describe, valiéndose de las crónicas originales, la conquista de México por parte de Hernán Cortés, retratado aquí con sus luces y sus sombras como uno no se espera en principio que haría un profano como Ceram. Todo para introducir los relevantes hallazgos de John Lloyd Stephens y William Hickling Prescott en lo más profundo de la hostil selva del Yucatán, en países azotados por la revolución.


Tenochtitlán, imponente capital del Imperio Azteca.
Escenario en el que se desarrolla uno de los capítulos del libro de C. W Ceram

Junto al intenso halo romántico que envuelve a la primera época de la arqueología, de los viajes y los pasos a oscuras a través de corredores en tinieblas que han de recorrer los pioneros (y esto tanto en su forma figurada como en la literal), Ceram nos descubre a los descubridores, acercando al gran público las figuras de estos y sus hazañas. Es especialmente un libro para aquellos que darían lo que fuera por tener el privilegio de vivir en aquella época irrepetible, el alumbramiento de la arqueología como disciplina, y experimentar una sola de aquellas aventuras en pos del conocimiento, por estar en el Yucatán sufriendo las picaduras de los mosquitos junto a Edward Herbert Thompson descubridor de los cenotes sagrados de Chichén Itzá, y guiado también por relatos legendarios, o por viajar con Layard o Stephens maldiciendo el abrasador sol del desierto mesopotámico, esquivando las balas de los asaltantes beduinos. Leer, por vez primera, tras milenios de olvido, documentos arcaicos en los que se reflejan las ambiciones, locuras y miedos más humanos de un pueblo al que el paso del tiempo había reducido a polvo y al calificativo de "mitológico".

Desde luego, esta época de grandes hallazgos que recoge Dioses Tumbas y Sabios sólo puede ser equiparada, en su conjunto y por su impacto, a la época de los grandes viajes de exploración geográfica (ambos fenómenos paralelos), así como a la más reciente "conquista del espacio".
Con todo, la recompensa final no se reduce quizás, tan solo al propio hallazgo, al testimonio de la civilización enterrada y olvidada y al aumento de nuestro bagaje cultural colectivo, sino también a la propia aventura.




CERAM, C. W. Dioses, Tumbas y Sabios. Ediciones Destino, Barcelona, 1975. 

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